Un fin de semana redondo en Cantabria

Este fin de semana hemos cambiado la media maratón de Logroño por la media maratón de Santoña, una carrera de la que nos habían hablado muy bien.

El sábado habíamos quedado con mi amiga Marta, que es cántabra y vive en tierras cántabras, y que nos había invitado al concierto de Coti en Santander. Gracias Marta porque descubrimos a un Coti que desconocíamos y que nos sorprendió por lo gran compositor que es, gran músico y gran cantante. Escuchamos canciones muy conocidas que no teníamos ni idea de que las había compuesto él, y que solo en el escenario con un andoneón, una guitarra y un piano, sin un sólo músico que le acompañara, bordó un concierto acústico que, a pesar de las 2 horas, supo a poco.

Pero vamos a lo que vamos. Vamos a la carrera que este domingo tocaba correr. Mi primera media maratón de este año. Llegaba a esta carrera sin entrenar para media maratón, de hecho, desde diciembre del año pasado no he corrido una distancia superior a 10 kilómetros, pero no solo en carrera, sino también en entrenamientos. Así que llegaba con un fondo muy justo. No estaba como hacer marcas, así que me ofrecí de liebre para María que quería mejorar su mejor marca personal en 4 minutos: de 1:49 a 1:45.

El viernes pasado le comenté que la veía preparada para bajar a 1:44 y no parece que le sonó mal. La verdad es que últimamente he visto a María lanzada, que no crecida. Y es que creo que ahora mismo está en su mejor momento de forma. Ha hecho unos entrenamientos perfectos, y sobre todo está muy motivada, creo yo, desde el podio que hizo en Arnedo.

Ella llegó a Santoña el domingo por la mañana junto a otros Beer Runners de Logroño, entre los que estaba Emilio, cuyo objetivo era hacer también mejor marca personal. El tiempo que quería hacer era 1:50, que yo, por los entrenamientos que he hecho con él, estaba seguro que lo podía hacer.

Antes de llegar al arco de salida María me comentó que tenía buenas y malas energías: “algo va a pasar no sólo aquí, sino también en Logroño (con una persona en concreto que no voy a nombrar)”. Yo, como no creo en esas cosas, no le di importancia, pero efectivamente, en carrera pasó algo no previsto, que luego comentaré, y en Logroño también con esa persona que a priori no tenía que haber pasado, pero eso sí que no lo voy a contar.

En el arco de salida nos juntamos con otros Beer Runners de Bilbao, Pamplona y Valladolid. Muy buen ambiente en carrera con el resto de Beer Runners. La temperatura era perfecta para correr, con una ligera brisa que se agradecía mucho, pero con una humedad muy molesta.

Ya preparados para salir, llegaron las liebres oficiales con sus banderas indicando el tiempo que iban a hacer en la carrera. Le propuse a María ir con la liebre de 1:45 y si veíamos que no lo hacía bien, pasábamos de ella. La verdad es que como una liebre lo haga mal (que suele ser muy habitual) te puede destrozar la carrera. María le preguntó a qué ritmo iba a ir. “Dice que va a ir a 5:00. Vamos con él hasta el kilómetro 15 y a partir de ahí tiramos para bajar a 1:44”. Me pareció genial la idea y mejor todavía me gustó las ganas con la que iba María.

Salimos con el apelotonamiento habitual en las carreras y pendientes de no perder a la liebre. La verdad es que la liebre iba perfecta, clavando el ritmo a 5:00. Y con ella fuimos hasta el kilómetro 3, donde María sin avisar subió el ritmo y dejó atrás a la liebre. Yo seguí a María, claro, pero sin saber cuál era el nuevo plan. Le dejé que fuera ella la que marcara el ritmo. Entre 4:43 y 4:50 fue manteniendo el ritmo sin problema. He entrenado tanto con María, que ya sé cuándo va bien o no sin preguntarle y sin mirarle la cara, sólo escuchando su respiración. Y su respiración era relajada y acompasada.

En el kilómetro 11, un hombre de la organización nos iba diciendo en qué puesto iban las chicas. “¡Diecisiete!” cantó cuando pasó María. A unos 50 metros por delante iba una chica. “Vamos a por la 16, María” Y sin dudarlo María contestó un decidido “¡vamos!”. Subimos el ritmo y cuando ya la pasamos vi a la siguiente chica que iba por delante. Lo cierto es que, aunque la teníamos a la vista, nos llevaba bastante ventaja.

“La 16, María, genial” le dije, a lo que ella, entendí, que me contestó “vamos a por la 15”. Como vi a María que iba tan bien, a por la 15 que me fui. Subí el ritmo y vi que María no me seguía.
– ¿Qué pasa? Le pregunté.
– Baja el ritmo.
– Pero entonces no alcanzamos a la 15.
– ¡Que soy yo la quince! Te dije que yo soy la quince, no que fuéramos a por la 15. Hemos adelantado a dos chicas que iban casi juntas.

Ni me había dado cuenta. Así que era la decimoquinta mujer de la carrera y la 14 la teníamos a la vista.

Todo iba genial, hasta el kilómetro 16 que me dijo las palabras mágicas: “Tengo que parar, me ha entrado un apretón” (Las palabras exactas no fueron esas XD) “No será posible que vaya a parar con lo bien que vamos”, me pensé. Pues sí, fue posible. Se salió de la carretera y desapareció por entre unos matorrales. Ahí estaba su mala energía de antes de la salida.

En dos minutos de espera pasó la chica 16, la chica 17, la liebre de 1:45 y varios Beer Runners de Bilbao que me preguntaron si estaba bien al verme parado en el arcén. Y por fin de entre los matorrales volvió a resurgir María. Venía riénndose. Menos mal que le había dado por reír.

“María, la liebre de 1:45 nos lleva un minuto, si apretamos un poco la alcanzamos y luego nos mantenemos con ella a su ritmo hasta la meta”. “¡Vamos!” me dijo. Ya digo que está lanzada. Así que me puse a tirar de ella con ritmos de entre 4:20 y 4:30. A esos ritmos íbamos hasta que pasados el kilómetro 18 se fue quedando, ella ya no podía seguir ese ritmo. Llevábamos a la liebre a la vista, pero no la íbamos a alcanzar.

En el kilómetro 19 la carrera se metía en un polígono industrial horrible, descuidado, sucio, que olía fatal… vamos, que se te caía el alma a los pies. Desde luego que si alguien iba en ese kilómetro un poco tocado de cabeza, esa era la puntilla. Yo intentaba tirar de María, pero su ritmo iba descendiendo.

A falta de menos de 1 kilómetro para la meta el reloj me marcaba 1:42. “¡María, tira todo lo que puedas que lo conseguimos!” Y tiró todo lo que pudo, qué fenómena. Llegando a meta la agarré de la mano y la arrastré hacia adelante.

1h46’00” marcó el tiempo oficial. Mejor marca personal para ella, rebajándola en 3 minutos. Pero lo mejor es que se encontraba entera físicamente, nada que ver con Laredo que llegó exhausta. Si no hubiese tenido la parada técnica habría cumplido el 1:44 o incluso menos, porque iba muy fuerte.

Ahora tocaba ver llegar a Emilio. En los últimos kilómetros nos habíamos cruzado con él y nos había hecho gestos con la cabeza diciendo que no podía. Por fin lo vimos llegar y la cara parecía que le había mejorado. Su tiempo fue 1:52:22, también mejor marca personal (reciente, porque su mejor marca de más joven fue 1:45), aunque por encima del 1:50 que había previsto. La razón fue la humedad y todo los atibióticos y antiestamínicos que llevaba en el cuerpo por culpa de una picadura la semana pasada. Con él llegaron Diego, que hizo de liebre para Emilio, y Félix que hacía su primera media maratón.

En las duchas de chicos estábamos solos, no así en las de chicas en la que María se encontró con la chica 16 y otras cuantas a las que estuvo contando sus aventuras mientras esperábamos pacientemente fuera con ganas de comer y beber algo.

La comida genial, y sin preveerla, en un restaurante que nos pilló en el recorrido y que Diego se salió de la carrera para reservar. Luego volvió a la carrera. El camarero alucinaba.

El fin de semana salió redondo. Entretenido, muy entretenido.

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