Objetivo conseguido. Sueño cumplido

Sueño conseguido

No va a ser fácil escribir esta entrada del blog. No va a ser fácil describir tantas sensaciones, a expresar tantas emociones vividas en este viaje. Ni siquiera prometo no saltarme ninguna vivencia, porque han sido tantas en tan poco tiempo, que se me arremolinan en la memoria y va a ser como desenredar una enmarañada bobina de hilo. Vamos a intentarlo.

Salimos de Madrid a las 12:45, el jueves 29. Durante las 8 horas de vuelo hubo mucho movimiento dentro del avión. La gente iba y venía por los pasillos más de lo habitual, yendo de unos asientos a otros para saludar y conversar, y es que la mayoría de los íbamos en el avión éramos corredores o acompañantes de la maratón. El aterrizaje fue tomado por los pasajeros como si de una montaña rusa se tratara, con un ohhhhhhhh mientras descendía y un aplauso al tocar tierra. La fiesta se mascaba en el ambiente.

La fila para pasar inmigración fue interminable y para colmo, una vez más, me tocó pasar por la dichosa inspección adicional. Así que el Redress Control Number, las disculpas por haberme parado las anteriores veces y la promesa de que no volvería a ocurrir no han servido de nada. Una hora de espera más para confirmar que yo era quien decía ser. Si algo bueno tuvo esta vez es que nos tocó un policía que tuvo el detalle de dar todo tipo de explicaciones después de enseñarle todas las cartas que habíamos recibido del U.S. Department of Homeland. No fuimos ni los únicos ni los últimos en salir de los que veníamos en el avión con la misma agencia, para incordio del resto del grupo que tuvo que esperar a todos para trasladarnos a los hoteles.

El traslado hasta nuestro hotel nos llevó una hora y media más por culpa del tráfico. Por fin instalados en el W Times Square nos tiramos a la calle para aprovechar las últimas horas del día y cenar. La noche se suponía complicada por el jet lag pero había que intentar descansar pues a las 7:30 habíamos quedado para salir a trotar por Central Park.

Y efectivamente, la noche fue complicada y a las 7:30 ya estábamos trotando en dirección a Central Park un montón de españoles siendo la sensación de los neoyorquinos que a esa hora iban o venían de trabajar y nos grababan con los móviles. Correr por Central Park y estar a pocos metros de la meta de la maratón me hicieron saltar las lágrimas. Después de correr unos 9 kilómetros volvimos al hotel a ducharnos y a reunirnos otra vez para llevarnos a la feria del corredor. Allí nos dieron el dorsal de la maratón y de la carrera que iba a correr el sábado. La cantidad de gente era tremenda. Por curiosidad activamos el pulsómetro para ver la fila que íbamos a hacer para llegar hasta la caja y pagar las compras que hicimos. Dos kilómetros marcaba cuando llegamos a la caja.

Trotando por Central Park

Trotando por Central Park

Feria del corredor

Feria del corredor

Por la tarde seguimos con las compras en Woodbury Common, en Central Valley. Cenamos en el Shake Shack del outlet, que por si no lo sabéis es la cadena de hamburgueserías de moda y que suelen estar siempre abarrotadas de gente.

Al día siguiente corríamos toda la familia en la carrera NYRR Dash to the Finish Line 5K que comienza en las Naciones Unidas, sigue por la calle 42, sexta avenida y termina en la misma meta que la de la maratón. Yo salía desde el cajón A; el resto de la familia del cajón K. Mi intención era ir a un ritmo suave para no cargar mucho para el día siguiente. Pero no pudo ser, me llevaron a 4:20mins/km. Y por fin pasaba por primera vez por la meta que esperaba poder pasar al día siguiente.

NYRR Dash to the Finish Line 5K

NYRR Dash to the Finish Line 5K

Era el día de Halloween y queríamos hacer muchas cosas antes de ir a ver el desfile. El centro español La Nacional había organizado una pasta party a la que invitaba a los maratonianos españoles a comer pasta. Cuando digo invitaba es literal, o sea, era gratis. A pesar de llegar un poco tarde comimos pasta y estuvimos de charleta con la gente de La Nacional que son españoles que viven en Nueva York. Una gente muy maja, que algunos de ellos corrían la maratón y nos dieron consejos.

Pasta party en La Nacional

Pasta party en La Nacional

Lo del desfile en el Greenwich Village fue una locura, imposible ver nada de la cantidad de gente que había. Era muy agobiante los tapones de gente que se formaban y que no podías ni moverte. Así que volvimos al hotel y vimos el Halloween que había por Times Square.

Halloween en Times Square

Halloween en Times Square

Y llegó el día. No dormí del todo mal. Me duché, me vestí y me fui a la puerta del hotel con el resto de españoles a esperar el autobús que nos iba a llevar a la salida. En nuestro hotel se alojaba Martín Fiz que también venía con nosotros en el mismo autobús a la salida. Al arrancar el autobús una de las chicas de Sportravel nos dio las últimas instrucciones y a continuación Martín Fiz tomó la palabra. Nos dijo algo así como: “Olvidaros de relojes, de marcas, de tiempos y disfrutad de la carrera. Es un recorrido muy duro, con muchas cuestas. ¡Suerte a todos!” A lo que respondimos como una ovación.

Esperando el traslado a la salida de la maratón

Esperando el traslado a la salida de la maratón

A las 7:16 llegábamos a Fort Wadsworth en Staten Island, un parque enorme que era el lugar de la salida. Había que pasar por un control de seguridad al que sólo se podía pasar con una bolsa transparente que nos dieron con el dorsal. En ella podías llevar sólo los artículos permitidos, como comida, ropa, geles, etc. El parque estaba divido en tres zonas según fuera el color del dorsal: naranja, verde o azul. En cada una de estas zonas había instaladas carpas para refugiarte del sol o de la lluvia, baños portátiles, y dispensadores para que te sirvieras el desayuno GRATIS.

Esperando la salida en Staten Island

Esperando la salida en Staten Island

Yo tenía que esperar tres horas para la salida, así que me tiré al césped debajo de una carpa donde casualmente estaba llena de españoles. Una de las españolas llamaba al lugar donde estábamos el “campamento de refugiados”. Estaba cansado y hasta me quedé un poco traspuesto. A pesar de la cantidad de gente que había, no había ni aglomeraciones ni mucho ruido. La gente estábamos bastante en silencio, seguramente por los nervios. Los comentarios generalizados de los españoles que allí estábamos, es que habíamos incumplido completamente las recomendaciones de descansar los días anteriores a la carrera. Y es que en Nueva York cómo vas a descansar.

Equipamiento de uno de los paisanos

Equipamiento de uno de los paisanos

Se salía en cuatro oleadas de corredores. En cada oleada había 6 corrales. A mí me tocó la segunda oleada y el corral F. A las 9:00 nos llamaron a la segunda oleada para que nos dirigiéramos a nuestros corrales. Allí esperamos más de una hora hasta que, tras la canción “God Bless America”, por fin sonó el cañonazo y la canción de Sinatra “New York, New York”. Había comenzado la carrera.

Costó un poco llegar hasta la línea de salida, pero una vez pasada, se podía empezar a correr bien. Los primeros 3 kilómetros discurren por el puente Verrazano que cruza de Staten Island a Brooklyn. Una vez pasado el puente comenzaba el público, la animación, la fiesta. Impresionante la cantidad de gente que a lo largo de todo el recorrido nos fue animando como si fuéramos sus amigos o sus propios familiares. Bandas de música, coros góspel en las puertas de las iglesias, DJs… aquello era una fiesta continua a lo largo de 42 kilómetros.

Cada grupo de corredores, según el color del dorsal, hacía un recorrido distinto: en el kilómetro 4 nos unían los dorsales azules y naranjas, cada uno por un carril distinto de la calle; en el kilómetro 5,5 se unía el dorsal verde en el mismo carril del azul; y en la milla 8 (kilómetro 12,8) nos juntamos todos en el mismo carril. Aquello se convirtió en una tremenda masa de gente corriendo en el que, curiosamente, teníamos suficiente holgura para correr sin tropezarnos los unos con los otros.

Yo iba a mayor ritmo al que me había marcado. Pero es que era una sensación de que la gente, el público, te estaba llevando. Iba como en una nube, chocando la mano hasta a los policías que te la ponían para que les chocaras. Todo el mundo aplaudía, gritaba tu nombre, te daban kleenex para quitarte el sudor, sacaban comida de sus casas para dártela… estaba alucinando. Los voluntarios de los avituallamientos te ofrecían el agua y el Gatorade con una sonrisa y daban ánimos, te decían “¡campeones!”… era todo increíble. Y para qué contar cuando pasabas por un grupo de españoles entre el público, se volvían locos y tú más, claro.

Los únicos lugares a los que el público no podía pasar era a los puentes. Está mal decirlo, pero se agradecía cuando llegabas a los puentes con tanta paz. Claro que cuando llevabas un rato sobre el puente ya estabas echando de menos la animación de la gente.

Maratón

En la media maratón iba bien, muy bien. En la milla 15 comenzaba la cuesta que más temía, la subida al Queensboro. No fue tan dura como esperaba pero sí que me dejó un poco tocado físicamente. Hacia la mitad del puente, un corredor que iba unos metros por delante de mí cayó fulminado. Fue una cosa extraña, de correr a caer desplomado sin conocimiento al suelo, sin haber parado o bajado el ritmo antes. No supe si parame o seguir. Titubeé un poco, pero como ya había dos corredores con él atendiéndole, continué. Me dio muy mal rolló, me cortó todo el punto. Era como si de repente se hubiera terminado la fiesta. Un poco antes del final del puente, había otros dos corredores en el suelo, retirados en la cuneta atendidos por otros corredores. Esto lo consideré como un aviso. Estaba en una fiesta, pero estaba corriendo una maratón. Si le perdía el respeto podía acabar igual que ellos. El mal rollo tuvo que influir también en el físico. Ya no estaba igual. Evidentemente los kilómetros no estaban pasando en balde, pero este mal trago repercutió negativamente en el estado mental. Y si hay algo que hay que mantener a raya en todo momento durante la maratón es la mente para que no juegue malas pasadas. Pasando el Queensboro debía estar la fan zone española de Sportravel y entre ellos toda la familia. Los busqué como quien busca un tesoro porque necesitaba un chute de alegría. A casi un kilómetro de donde nos habían dicho que iban a estar aparecieron. ¡Qué alegría¡ Me paré les abracé, nos hicimos fotos y seguí.

Continuamos por la interminable primera avenida de Manhattan hasta llegar al Willis Avenue Bridge que cruza al Bronx. Este puente no lo tenía considerado como especialmente duro, pero no pude con él, tuve que subir andando. Se me hizo una rampa durísima. De regreso otra vez a Manhattan iba bastante tocado. Ya no hacía caso del público y de sus ánimos. Así que en uno de los avituallamientos que había baños me paré, y me metí en uno de ellos no porque tuviese mucha necesidad de utilizarlo, sino porque tenía que cambiar el chip. Tenía que volver a meterme en la carrera, volver a disfrutar de ella y olvidarme de los malos rollos. Me pensé en grabar con el móvil lo que estaba viviendo a la vez que lo narraba para distraer a la mente.

Me vino genial ese pequeño parón, aunque después me enteré del susto que se llevaron quienes me seguían por la App y que vieron que me había parado. Entré en la Quinta avenida con otra alegría. Quedaban cinco kilómetros, pero qué cinco kilómetros: todo cuesta arriba. Me tomé a risa el esfuerzo que me estaba costando porque yo corría, pero era como si no avanzara. Me costó un triunfo. Entré en Central Park y aunque quedaban cuatro kilómetros me sentía que ya había llegado a meta. Y de nuevo mi familia estaba entre el público dentro del parque. No me lo esperaba y fue una enorme alegría. De nuevo me paré a hacer fotos. Ya me daba igual el tiempo que hiciese. Estaba disfrutando como nunca. Estaba muerto de cansancio pero quería que no acabara nunca.

Al llegar a Columbus Circle se enfilaba ya hacia la meta. Menos de un kilómetro para terminar y yo no quería que acabase. Los últimos metros fueron impresionantes. En el parque me habían dado la bandera de los Beer Runners para entrar en meta con ella. Alcé la bandera y pasé así la meta. Lo había conseguido. Había conseguido mi sueño. Los voluntarios de meta no paraban de aplaudir, de felicitarte, de preguntarte qué tal estabas. Estaba genial, en una nube. Hasta que no escuché ruido metálico de las medallas no recordé que me iban a dar una medalla. ¡Medalla de finisher de la maratón de Nueva York!. Le pedí a un corredor con la camiseta de 42195.es que venía detrás de mí, y que había adelantado en Central Park, que me hiciera una foto. Ese momento lo tenía que enmarcar y no solo en la memoria.

Meta

Nos dieron una especie de manta térmica y nos enfilaron hacia las salidas de Central Park. Las tiendas de campaña de la Cruz Roja se iban llenando de corredores a medida que iban llegando. La mayoría cojeando. A mí no me dolía nada. Había llegado con los gemelos duros como piedras y a medida que iba caminando los iba notando como se estaban relajando. Se me hizo eterno el poder salir de Central Park y que nos dieran el poncho. Durante todo el camino los voluntarios seguían aplaudiendo y felicitándonos. Los de la Cruz Roja nos preguntaban qué tal estábamos y los había para todos los idiomas. Yo quería descansar un ratito, solo un ratito, pero no nos dejaban detenernos. Empecé a sentir náuseas y no me extraña porque perdí la cuenta de los plátanos que me comí entre la espera de la salida y la carrera. A eso súmale tres geles y la cantidad de agua que bebí. Tenía que tener un atasco que en cualquier momento iba a salir descontrolado. Por cierto, no he bebido tanta agua en ninguna otra carrera como en esta. En los avituallamientos cogía los vasos de dos en dos y me los bebía enteros. No sé a qué se debió tanta sed.

Por fin llegué a la entrega de ponchos y por fin pude sentarme un rato en el suelo. Llevaba 5 horas corriendo y caminando y necesitaba sentarme un rato. Sólo fueron cinco minutos, pero suficientes para recuperarme. Porque ahora tenía que volver al hotel. Y aunque de Columbus Circle hasta el hotel sólo había que cruzar 12 calles, en cuanto vi la estación de metro allí que me metí. Está mal reírse de los males ajenos, pero era gracioso ver por la calle a todos con los ponchos azules caminando como zombies. Y ya no os cuento los dramas que se veían cuando intentaban bajar las escaleras de la estación de metro. A mí me hacía gracia porque no me dolía nada y podía bajar sin problemas, pero me imagino que a ellos no les hacía ninguna gracia.

poncho

Como pequeña anécdota, os diré que estuve corriendo junto a Alicia Keys. No sé en qué momento, ni en qué punto de la carrera, pero tuve que adelantarla porque ella salió antes que yo y llegó más tarde. Así que puedo decir que corrí junto a ella, aunque no me enteré, ¡cachis!

Llegué al hotel y me di un baño, nada de ducha. Estuve de relax un ratito en el agua y después me tumbé media hora en la cama. Y a seguir pateando la ciudad. Todo los corredores vestidos de calle llevaban colgadas las medallas y la gente te iba felicitando y diciéndote “campeón”. La fiesta continuaba. Eras un héroe para ellos. Seguía como en una nube.

Al día siguiente me levanté otra vez pronto para ir a una especie de mercado en Central Park, donde se suponía que iban a poner a la venta a buenos precios la ropa y complementos que había sobrado de la feria del corredor. Fue una pérdida de tiempo. Todo carísimo. Lo único que mereció la pena fue ver de cerca a los ganadores de la maratón, tanto en la carrera a pie como en la carrera en silla de ruedas. Después nos fuimos a comer a Eataly donde coincidimos con el Cordobés que también había corrido la maratón. Nos estuvo contando sus peripecias en la carrera, nos presentó a su entrenador que hizo la carrera en 2:45.

Los ganadores de la maratón

Los ganadores de la maratón

Con el Cordobés

Con el Cordobés

Nos hubiese gustado poder hacer más cosas. Teníamos bastantes encargos para comprar que no pudimos cumplir. Nos dejamos de visitar algunos lugares, pero eso siempre pasa cuando visitas Nueva York, siempre te falta tiempo.

El martes, a las 5 de la tarde vinieron a buscarnos para llevarnos al aeropuerto. Penita. Llegamos a España el miércoles por la mañana, terminando así la aventura. ¡Feliz!

El miércoles por la tarde fui sin avisar al campo base de los Beer Runners y allí me recibieron con aplausos y abrazos. La salida del domingo de los Beer Runners me la habían dedicado a mí. Gracias equipo, habéis sido un gran apoyo. SOIS LOS MEJORES!!!!!!!!!

La salida del domingo de los Beer Runners dedicada a mí. Foto de Ana Toyas

La salida del domingo de los Beer Runners dedicada a mí. Foto de Ana Toyas

Expectación en Facebook de los Beer Runners mientras seguían la carrera por la App

Expectación en Facebook de los Beer Runners mientras seguían la carrera por la App

El jueves volví al entrenamiento y el recibimiento fue similar: felicitación del entrenador y abrazos de los compañeros.

No puedo terminar sin agradecer a mi familia el apoyo y por compartir esta aventura. A los Beer Runners por sus ánimos, su preocupación y el recibimiento. A mi entrenador porque creo que jamás hubiese podido conseguir este sueño sin sus entrenamientos. Y a todos los que habéis estado pendientes de mí durante esta aventura. Siento no haber podido contestar a todos los Whatsapp, emails y mensajes de Facebook que recibí al terminar la carrera. No di abasto. Y por supuesto muchas, muchas gracias a mis amigos neoyorquinos por hacernos sentir como en casa.

Os dejo un vídeo con algunas de las escenas que grabé

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